jueves, 16 de octubre de 2008



Nosotras, Carmelitas Misioneras en Cuba, como toda la vida religiosa aquí, no podemos hablar de solidaridad con expresiones concretas de ayuda que conlleven proyectos de gran volumen y colaboración, a través de organismos o redes más amplios, en pro de la transformación de la realidad. Más bien estamos muy cerca de un concepto modesto y vital de la solidaridad. Se trata de experimentar y actuar desde una mentalidad solidaria, que diariamente inspira un modo de estar presente y de vivir con un pueblo concreto, donde se promueve la dignidad de la persona y el desarrollo de valores desde una relación abierta y cercana, desprovista totalmente de instituciones sociales o jurídicas y con un cauce eclesial muy limitado.

¿Cómo hablar de proyectos de solidaridad desde Cuba?

En Cuba, tal vez como en pocos lugares, la solidaridad necesita antes que nada una dosis muy alta de amor. Solo si se ama a ese pueblo, a sus gentes, su realidad, su presente histórico..., puede nacer ese vínculo solidario, y el ingenio y la creatividad para poder acompañar, con pequeños gestos, la vida y/a esperanza de ese pueblo, verdaderos tesoros que necesitan ser compartidos y multiplicados.

Las Carmelitas Misioneras estamos ahí, dando y multiplicando el corazón, el tiempo, las esperanzas. Estamos ahí repartiendo medicinas a personas que sin ellas muchas veces no podrían seguir viviendo; estamos, colaborando y despertando la solidaridad a través de Caritas, para dar porciones de alimento a personas mayores que viven muy solas y que frecuentemente están bien distantes de la Iglesia. Es demasiado insignificante elencar la labor de promoción de mujeres que se van haciendo protagonistas de una sencilla red de ayuda y de servicio entre sus vecinos; así mismo el trabajo lento de la evangelización de niños y adultos, despertando y cuidando los valores humanos en lo que toca a la vida, la verdad, la libertad.


Es muy bonita la experiencia de abrir la puerta de la casa y acoger a la persona que llega, como llega; o caminar por la calle y sentir que todos son parte de tu vida y misión, sin preguntar por su color político o religioso. En Vertientes, el pueblo que hace cuarenta y cinco años nos vio llegar, todos saben que la casa de las hermanas -las Carmelitas como nos llaman- está no solo geográficamente, sino existencialmente en el corazón, en el centro y en las raíces del pueblo.

No contamos con los medios que en otros países pueden ser más que normales. Pero esta carencia material, ordinariamente tan extrema, hace más luminoso y más desafiante para nosotras el camino evangélico del compartir nuestra condición de mujeres consagradas, al desnudo. Experimentamos que hay un potencial a compartir: podemos promover la igualdad y la fraternidad entre todos, respetando y acogiendo las diferencias; podemos estar insertas en el pueblo y hacer nuestra la causa de los pobres. Podemos descubrir muchas huellas de Dios en medio de la situación de la gente; podemos ser mujeres de esperanza, y acercar a Dios a muchos que lo desean y que lo tienen ignorado en el fondo de su corazón. Somos parte de esta Iglesia de Cuba, solidaria, que quiere tener voz profética sin palabras.

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